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miércoles, 7 de noviembre de 2012

La grandeza de Nuestra Nación


Los seres humanos vivimos inmersos en el hoy; esto es indudable. Sin embargo el estado interior que resulta de la apreciación consciente de esta vida presente y que denominamos “vivencia”, y que propiamente “vivencia” el instante. Ese yo interno interpela el ahora del mundo en función de una imagen recreada del futuro. Es precisamente una aproximación casi plástica al mañana la fuerza capaz de extraer del hoy, una de entre tantas vidas posibles. El mismo hecho externo puede evocar valor o cobardía, rencor o arrepentimiento, alegría o tristeza, u otro clima interior, según la forma que nuestra imaginación da al mañana. Esta forma recibe, a su vez, un impacto permanente de cada experiencia; pero la resultante está siempre puesta en la escala de lo porvenir. Es el futuro esperable la fuerza dominante de nuestra interiorización del presente y de nuestra relación actual con el entorno.
Las Naciones tienen pre-escrita esa forma futura, en su momento fundacional. El hombre en cambio, es suficientemente indeterminado en este sentido como para ser modelado por fuerzas determinantes. Una de las más poderosas de estas fuerzas forjadoras de imágenes de futuro es la Nación. La Nación es, para cada uno de nosotros, determinada en su origen y poderosamente determinante de nuestra imagen del futuro individual, no solo colectivo. El hombre, como decía Pico della Mirándola en su discurso humanista, es un camaleón que puede serlo prácticamente todo. Pero las naciones en cambio, no. La Nación es una determinada forma del mañana, capaz de determinar el futuro posible para cada individuo. Esa determinación consiste en una de entre tantas vidas posibles extraídas al hoy, merced a una imagen del mañana. Las naciones, a pesar de celebrar un momento fundacional ubicado en el pasado, se perciben a sí mismas como destinadas a durar eternamente, escribió Henry Kissinger recientemente. Son ellas mismas una forma de “futurar”, si se nos permite el término, de hacer futuro. Ahora bien, en ellas, esta dicha imagen del porvenir se escribió, al menos en sus rasgos fundamentales, una vez y para siempre, en el pasado; en el origen. Este futuro posible escrito es la fuerza moral que determina en una dirección específica a los ciudadanos, y que modela la internalización vivencial de los datos surgidos del entorno. La nacionalidad es algo muy profundo; es una definición para todos nosotros, de un camino que da sentido a nuestro presente. Y su fuerza surge de la reedición constante de sus valores, de la recreación constante de su futuro particular. Que siempre es un destino de grandeza para las personas que la conforman, que siempre es una dirección general a la vida, que siempre opera como un “entorno familiar”, para utilizar la terminología de Albert Camus, que opera como espacio pleno de sentido, en la inmensidad inasequible de las existencias posibles, cuyo conjunto amorfo y descarnado de lo nacional, amenaza con sumirnos en el absurdo.