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domingo, 28 de noviembre de 2010

Peronismo y Globalización

Dr. Carlos Javier Regazzoni
La crisis financiera mundial vuelve a poner en tela de juicio al sistema capitalista, cosa que no pudo lograr el dato palmario del crecimiento desmesurado de las desigualdades. Aquel viejo apotegma aristotélico de que “con el dinero no se puede hacer dinero”, desafiado por la creación de capital merced a los intereses y encajes, parece, finalmente, ser un sabio consejo. Más aún, la premisa elemental de la economía, la “elección racional”, es contestada por una crisis cuyo principal componente es la emotividad, que no otra cosa se esconde tras las “expectativas del mercado”. Además, la globalización con su promesa de un mercado omnipresente y sin fronteras, súbitamente se estrella contra la urgencia de los Estados Nacionales para intervenir y salvar al sistema. 
Ahora bien, esto el mundo lo ha vivido. Entonces saltan voces triunfalistas de la izquierda que, desde la vereda de enfrente retozan ante el cumplimiento de la profecía apocalíptica. Olvidan la implosión del comunismo soviético, el ejército de hipermillonarios que genera China con sus obreros, y las tasas del 15% con que Venezuela favorece a sus amigos.
¿Entonces, qué camino elegir, el riesgo de la libertad, o la construcción colectiva de la igualdad? La coyuntura histórica es propicia para reflexionar sobre dos hechos: primero, que el surgimiento del liberalismo económico coincidió, históricamente, con las doctrinas que consolidarían las soberanías y el Estado-Nación. La filosofía del mercado, lejos de un universalismo social, fragmentó a Europa en decenas de leviatanes. En segundo lugar, que si bien la historia política moderna irrumpe con fuerza colosal bajo la consigna de “igualdad, libertad, y fraternidad”, luego evoluciona completamente olvidada del último componente del tríptico, como dice Marramao, y fluctuará entre los gélidos extremos de la libertad (Liberalismo) y la igualdad (Socialismos). Los sentimientos de fraternidad y solidaridad quedan en definitiva, olvidados. Y con ellos, la posibilidad de una verdadera “comunidad”. Asistimos, como escribe Camus, al triunfo de la Revolución del individualismo, verdadera raíz de ambas reivindicaciones, liberalismo y socialismo.
La “rebelión del hombre” que trazara Albert Camus ya tenía, aunque ignorada, una formulación histórica en el peronismo. Juán Domingo Perón quiso dotar a esa Revolución que avanzaba vacilante entre exigencias polares de igualdad y libertad, con el calor y la humanidad de la “comunidad”. Esta fue la raíz de su afable llamado a los “compañeros”, frente al marcial “camaradas” de los socialismos, y al individualista “ciudadanos” del liberalismo político. El peronismo es, indudablemente, una fuerte cultura política, y como tal pervive (con sus luces y sombras). Pero no debemos olvidar que antes que nada es una doctrina, y como tal, lamentablemente corre serio peligro de extinguirse, si no forma parte de la reflexión política contemporánea; y ésta es la causa de la actual crisis institucional del “movimiento”. Tras esta crisis financiera, la globalización ya no será lo que era, y en consecuencia, el liberalismo deberá meditar. Pero antes de permitir que la Revolución se tambalee nuevamente hacia el otro extremo de la gélida díada del individualismo, cosa que parece buscar el peronismo piquetero, es imperioso rescatar los componentes fundamentales de la “tercera posición”, y con ella, hacer jugar el calor familiar de la comunidad.
Y la idea de “comunidad” tuvo, para Perón, una serie de componentes fundamentales. Primero, era “organizada” en post del bien común. Segundo, reconocía en el trabajo, la fuerza transformadora de la sociedad. Por último, intentó moverse con planificaciones a largo plazo, como fue el caso del plan quinquenal (no juzgamos aquí los resultados sino el método). La doctrina peronista erige la cultura del trabajo y la solidaridad. El hombre no se enajena en el “individuo”, sino que por el contrario articula su vida en la familia, y el trabajo. Escuela, hospital, sindicato, plaza, club, deportes, son formulaciones comunitarias en las cuales aún hoy es posible ver los últimos vestigios del inefable trazo peronista en nuestro país; ya no en su momento confrontativo y agonal (probablemente su faceta más antipática), sino en su más genial creación: la de la Argentina del trabajador progresista y “compañero”.

El justicialismo tiene hoy, más que nunca, una propuesta para el debate político. Lamentablemente ella va a desilusionar a más de un albacea de algunos movimientos sociales. Porque el justicialismo no buscó ser un aporte a la reivindicación revolucionaria de los pueblos, sino su opción superadora, más allá del dilema liberalismo y comunismo. Es una opción por la fraternidad, y su realización histórica es la justicia social.

Algunos reparos frente al “pacto moral”

Dr. Carlos Javier Regazzoni

Ciertamente que “algo está podrido” en la Argentina. La caída ininterrumpida de su peso relativo en el concierto de naciones, la inestabilidad política constante, y el deterioro de nuestra situación social, resumen la inercia de los últimos 50 años de historia, y constituyen síntomas inequívocos de decadencia. Tendencias parecidas se pueden trazar para la educación, el desarrollo tecnológico, y hasta para la crítica red de ferrocarriles o el hospital público. 
Debido a este fracaso colectivo, a comienzos del milenio la sociedad emplazó, y con justicia, a toda una clase dirigente cuya responsabilidad frente al estrago era atestiguada por el inconfesable enriquecimiento de sus representantes más insignes. Dada entonces la decepción institucional, la culpa sería de los hombres. Cambiar al hombre para rehacer la vida institucional sería el axioma del pacto moral: contar con hombres buenos, para tener buenos gobiernos. Esta verdad es, lamentablemente, insuficiente y delicada por dos razones fundamentales. La primera, porque el sistema democrático se creó sobre la premisa exactamente inversa. La segunda, porque no resulta sencillo (y es peligroso) definir quién es “bueno”.
Es precisamente porque los hombres no son buenos, y fácilmente se corrompen, que se diseñó un sistema de gobierno con rotación en los cargos públicos, división de poderes, auditorias, y sistemas de pesos y contrapesos. Esto y no otra cosa constituye la base de la democracia republicana. Ya Aristóteles señala este punto en su “Política”. Y la dificultad para garantizar la bondad de los hombres constituye una de las premisas del “Contrato Social” de Rousseau; la igualdad es la otra, complementaria con la primera. El propio Washington declara en su celebre “discurso de despedida” la necesidad de dividir poderes para combatir la afección natural del corazón humano a las delicias del mando. Todos podemos acceder al poder, aunque por tiempo limitado, y bajo supervisión. Se podrá pensar que estas previsiones surgen de concepciones pesimistas como la de Hobbes. Sin embargo, varios siglos antes, reglas parecidas habían sido puestas en marcha por el canónigo Domingo de Guzmán con aquella primer orden de frailes mendicantes. El superior de la misma era electo, temporario, y rendía cuentas a un capítulo de hermanos. Las primeras municipalidades europeas también reproducían este modelo participativo. Y son muchos los pensadores que han visto en el diseño institucional la clave para defender a la comunidad de los individualismos. La otra opción, una especie de “cruzada de justos” santificada por representantes de diversas religiones, nos lleva al segundo término de la disyuntiva planteada por el pacto moral: “buenos contra malos”.
Respecto de este segundo problema del pacto moral como doctrina política, recordemos aquellas palabras del Evangelio: “sólo Dios es bueno”. La historia demuestra que nunca se reflexionará bastante sobre ellas. Las agrupaciones de “buenos” han demostrado ser una verdadera calamidad; en su raíz contradicen aquello de “no juzgar”, y además se oponen a uno de los principios históricos fundamentales del ordenamiento democrático, cual es la separación de los fueros público y privado de la conciencia. De lo público se encarga la ley, y dicha ley es defendida por las instituciones. Las ideas democráticas, como escribe Rosanvallon, intentaron establecer una tregua al conflicto generado en la sociedad por las antinomias entre buenos y malos planteadas en las guerras de religión de la Europa de los siglos XVI y XVII. El modo representativo de legislar, el gobierno rotatorio, la separación de poderes, y el principio de tolerancia, pretendían establecer un sistema de gobierno que fuese una especie de arreglo técnico para que la sociedad, dentro de cierto marco, conviviese en paz. “Buenos y malos” suele devenir en sectarismos.
Se dirá entonces que ese marco mínimo se ha roto en la Argentina. Y concedo. En nuestro país, como decía un humorista, “no hay moral”. Y cada uno verá la porción de responsabilidad que le toca desde su casa, cátedra, trabajo, púlpito, aula, estrado, o micrófono. En este sentido, todo intento de promover valores humanos es imprescindible. Pero el fomento de valores de honestidad y decencia implica otra dinámica; supone humildad, introspección, y desinterés, y no resiste ser utilizado para ganar elecciones. No podemos pretender ser votados por el mérito de ser adalides de la moral. Esto no garantiza un buen gobierno porque el problema del mal en el mundo es bastante más complejo que un grupo de buenos contra otro de malos. ¿Quién es “malo”? ¿El funcionario que hace negocios con los fondos públicos?¿El empleado que no cumple su horario, cajonea expedientes, o abusa de la fotocopiadora?¿La abuelita que pide al nieto que consiga un puesto para el primo desempleado? Los adalides de la moral recuerdan bastante a “Fausto”, el líder maniqueo que terminó por desilusionar a San Agustín, precisamente por su infundada fatuidad. Gobernar exige más precisión, más compromiso con los problemas concretos, y esto sí, llevado adelante con hondos, sólidos, y humildes valores humanos, pero a la manera del político de Platón: “…como un tejedor que busca, de cada cual, buenos y malos, las mejores hebras para concretar un tapiz hermoso” que es la comunidad política.
Hacer de la moral una bandera política es traer la guerra a casa. Si alguien infligió la ley, habrá que enfrentarlo a la justicia y no juzgarlo de antemano. La presunción de culpabilidad generalizada lleva a equivocar el verdadero enemigo. Cuenta Platón que Sócrates encontró una vez a Alcibíades, un joven ateniense que planeaba participar en la política de su tiempo. Cuando Sócrates preguntó al muchacho para qué deseaba hacer política, éste respondió que para combatir a fulano, desenmascarar a mengano, y demostrar lo poco que sabía perengano! (Un clásico opositor de nuestros días). Todo esto dicho en medio de una exaltada reivindicación de moralidad y transparencia. Entonces Sócrates, penetrando el ánimo beligerante del muchacho, le replica: “-¿Por qué has pensado que tu lucha deba ser contra los hombres de tu propia comunidad?”. Nuevamente hoy la pregunta se impone. Porque los enemigos seculares de nuestro pueblo siguen siendo el hambre, la miseria, la enfermedad, la falta de educación, y el atraso. El enemigo de la Argentina no es la Argentina. Y nuestra tragedia, la falta de una dirigencia con coraje e inteligencia para encausarnos en la vía del progreso. A veces, comenzar por lavar los platos es una forma efectiva de hacernos buenos. Ya lo dijo Paulo VI: en América Latina, el nombre de la paz es “desarrollo”. Todo lo demás son palabras; y como bien se ha dicho, “en la Argentina ha llegado la soberana hora de hablar menos, y hacer más”. 

Política: Realismo e Idealismo

Reflexión acerca de la convivencia de ambos impulsos espirituales, el realismo y el idealismo, en la acción política.

Memoria y Profecía


En “El Despertar del Individuo” escribe Mangabeira Unger que “…lo posible no es un antecedente de lo real sino su consecuencia”. Primero está la realidad, y de ella surge la posibilidad. Ante la necesidad de lo nuevo no giramos la cabeza hacia una nube de posibilidades y seleccionamos una entre varias para acomodar la realidad a nuestro capricho. Por el contrario; primero está la realidad. Y es a partir de ella y gracias a la actividad de la imaginación que sucede el cambio. Sin realidad no hay posibilidad. El cambio surge desde los hechos y gracias al concurso de la imaginación. Es como una subida a empujones desde hechos vividos hacia hechos nuevos y posibles, en un violento ascenso por la escalera al Cielo de Jacob en Betel. Luego de los hechos, la imaginación “…nos muestra cómo podemos transformar lo que tenemos, en otra cosa, y en qué lo podemos transformar…”. Pero lo posible no tiene autonomía de la realidad, como sí la tiene en cambio (y hasta cierto punto), la quimera.
Esa realidad previa de la cual surge lo posible es en definitiva un contenido de la memoria. De este modo transformamos “…memoria en profecía”; cuando desde lo vivido nos lanzamos por caminos nuevos, impelidos por el furor del hacer. Sólo haciendo somos capaces de advertir hasta donde podemos llegar y qué sea lo verdaderamente posible. Haciendo en función de la transformación de la realidad que la memoria nos recuerda, es que el pasado nos anuncia un futuro distinto. Lo opuesto es la trampa de la evocación. Un pasado que llama a recapturar sobre sí el presente inmovilizándolo en el ayer.
Ahora bien, esta dimensión profética de la memoria activa es central a la vida democrática. Como el mismo pensador afirma en “La Alternativa de la Izquierda”, bajo una democracia “…las diferencias más importantes son las que están en el futuro, más que las que hemos heredado del pasado. Bajo una democracia la profecía habla más alto que la memoria”. Y en esta transición de memoria en profecía, de pasado en futuro, de realidad dada en cambio posible, es que entra en juego la actividad de la imaginación. No coincidimos completamente con aquello de “la imaginación al poder”, pero indudablemente encierra una honda verdad.
En la Argentina, sin embargo, enfatizamos desmesuradamente la recomposición del pasado, su relectura, su reelaboración; en definitiva, nos empeñamos en redimirlo. Es el pasado el centro de nuestra tarea, y no el infinito campo de posibilidades que éste podría anunciar con énfasis profético. En nuestro caso todo este historicismo que pensamos como paso inicial de un poderoso movimiento profético, en realidad nunca sobrepasa el tono vindicativo del lamento indignado y la promesa de futuros e implacables desquites. No terminamos de concebir otra posibilidad. Todo nuestro compromiso quasi-religioso con el dato más ineluctable de todos, aquello que “ya fue”, no logra promover una utopía colectiva. Declamamos el triunfo de las masas populares, pero al carecer de metodología y de furor demiúrgico en definitiva nunca superamos el deseo. Dejamos claro el futuro que no queremos, pero nada podemos decir del futuro al que sí aspiramos. Queremos hacer de la esperanza una estrategia; y eso es imposible.
Tomemos entonces el desafío planteado por el filósofo Brasileño, quien propone cambiar nuestra eterna pregunta sobre el pasado “…a favor de una pregunta sobre el futuro”. Porque siguiendo el razonamiento inicial, nuestra trágica ausencia de profecía pone de manifiesto una complementaria falta de imaginación. Imaginación de futuros posibles, resolución creativa de problemas dados, alternativa inexplorada a coyunturas actuales, imaginación que sólo se activa cuando el ardor del homo faber enfrenta con decisión la realidad hostil. Nada de eso termina de haber para nosotros. ¿Podemos imaginar otra forma de dar salud a nuestro pueblo?¿Podemos imaginar otras formas de aumentar el nivel educativo de nuestra gente?¿Podemos imaginar nuevos modos de canalizar el conflicto social?¿Podemos dar solución a estos dramáticos problemas de nuestra comunidad, sin caer en los cobardes rodeos con que se intenta no perturbar los monolíticos intereses sectoriales?¿Por qué no arriesgarnos a hacer las cosas como nunca se hicieron? Estos son nuestros urentes interrogantes eternamente postergados.
Entre nosotros la memoria termina coartando a la profecía. La falta de imaginación para romper con el modo habitual de hacer las cosas nos condena a la imperturbable monotonía de lo muerto. Y ese pasado observa, pétreo, a unos locos del presente intentando cambiarle la cara con un espejo como único instrumento. Cuando si hay algo que el rostro del pasado definitivamente no tiene es remedio.
Volviendo al reordenamiento inicial de memoria, realidad, y profecía entonces, la pregunta por la Argentina posible tiene sentido a partir de la Argentina de las acciones. A partir del país en movimiento, del país que desde la acción se imagina distinto. Como observa Mangabeira, “…no podemos cambiar el mundo sin cambiar nuestras ideas”. Y lo que verdaderamente se impone como tarea inicial es un cambio de perspectiva. Encontrar nuestras posibilidades partiendo del hacer. De un hacer distinto, voraz, irrestricto, e incondicionado. Un hacer nutrido de la rebeldía a que Camus amaña el humano destino. Una imprescindible insubordinación a los ordenamientos establecidos, especialmente a aquellos surgidos de las mezquindades de la lucha por el poder, en la confianza de que “…los actos de rebeldía que parecen imposibles pueden, una vez llevados a cabo, parecer inevitables”.
Porque si la Argentina aún nos parece imposible, es éste un indicio inequívoco de que no hemos hecho bastante. No generamos suficiente cantidad de realidad distinta como para expandir nuestro horizonte de posibilidades. Reiteramos; del hacer surge la posibilidad. Y de ningún otro sitio. Quien no hace, no ve salida alguna. Y hacer no equivale exactamente a movimiento; requiere forzosamente de los componentes de “sentido” e “imaginación”.
Habrá que esperar entonces acciones renovadas para descubrir una genuina muestra de todas nuestras posibilidades de ser. La posibilidad de nuestra Nación del Sur adquirió fuerza profética sólo cuando el hecho consumado de la Revolución. Ahora, como ayer, el futuro se nos hará patente sólo en las obras. Realizaciones que, una vez llevadas a cabo, nos darán el valor para decir junto al Heracles de Sófocles que “Sin quejarme he seguido siempre mi doloroso destino. Pero esta vez, ante semejante revés de la fortuna, yo me revelo… Sea!” Y una de las mejores formas de rebelarse ante el destino es la acción política. Quizás la política sea la rebelión suprema: la del ser social ante la nada. No hay otra opción para el hombre×.